Tú tienes el control
La libertad frente a la televisión
¡En el nombre de Dios, ustedes son la realidad, nosotros [la televisión] somos la ilusión!
En la década de los años 80, en el programa televisivo “Trampolín a la fama”, Augusto Ferrando, conductor principal, hacía mofa del aspecto físico y de la forma de hablar o cantar del humilde público asistente al set, asimismo y con especial empeño de su acompañante en la coanimación, Felipe Pomiano, más conocido como "Tribilín".
En el set de un talk show de los años 90 llamado “Laura en América”, una mujer lamió la axila y luego chupó los pies de un hombre medio desnudo. La conductora del programa, Laura Bozzo, pagó a esta mujer por el reto cumplido, porque el tema del día fue “Hago todo por dinero”.
El sábado 30 de abril del 2016, Greysi Ortega se presentó en el programa “El valor de la verdad”, entrevistada por Beto Ortiz, en el que confesó a la teleaudiencia durante más de tres horas todos los detalles de su relación amorosa –incluyendo los sexuales- con Edwin Sierra, el esposo de su hermana, Milena Zarate. Esta pelea entre hermanas por una infidelidad fue la comidilla de los programas de espectáculos y farándula durante semanas mañana, tarde y noche.
Estos ejemplos de contenidos televisivos que copan casi toda la programación de los canales peruanos ingresan en la categoría televisión basura, según algunos críticos. Mientras tanto, otros defienden estos mismos contenidos subrayando la libertad de expresión de las emisoras y de consumo de los televidentes de escoger lo que quieren ver. Y, además, afirman que quien llama “basura” a los gustos de la gente e intenta imponerles qué ver y qué no, está pisoteando sus libertades e insultando sus capacidades intelectuales o, por lo menos, su buen gusto. Pero ¿será cierto que los televidentes son libres de cambiar de canal o de apagar la famosa caja tonta -para unos- o mágica -para otros?
Hay que darle lo que le gusta a la gente. Esta frase atribuida a Pocho Rospigliosi -aunque algunos dudan de su autoría, especialmente su hijo, el recordado Micky Rospigliosi (QEPD)-, afirma rotundamente que ¿a la gente le gusta todo lo que se pasa en televisión?
Por un momento, imagínense –si no la vive ya- esta situación. Usted se levanta muy temprano. Se alista para ir a trabajar. Ayuda a atender a los niños que deben ir al colegio. Conduce su auto evitando a las feroces combis, recibe insultos de otros conductores, esquiva transeúntes que cruzan las calles por todas partes menos por el paso peatonal y un sinfín de situaciones unas más penosas que las anteriores. Y para rematar, en su trabajo, tiene que lidiar contra quienes se empeñan en o cuyo trabajo realmente es hacerle el día de cuadritos. Finaliza la tarde muy cansado y lo único que espera es distraerse y relajarse. Entonces, ni bien llega a casa, enciende el televisor y empieza el show que lo saca de la realidad cotidiana y tan cruel.
Y, efectivamente, lo que se nos muestra en la televisión no necesita esfuerzo para ser asimilado. Son imágenes y palabras que son automáticas de entender, de sentir. Me causan placer, casi siempre me provocan risa o simplemente me emocionan. Veo chicas hermosas semidesnudas y unos muchachos musculosos y muy guapos que juguetean en un set de televisión salvando obstáculos, balanceándose en cuerdas como Tarzán o compitiendo por quien desenrosca con mayor rapidez tuercas de unas varillas. O veo jalarse de los pelos a unas mujeres –por supuesto, hermosas también- por un hombre casado con una de ellas que solo atina a responder que cometió un error y que quién esté libre de pecado... O veo a un travestido con ropas brillantes y muy coloridas que derrama afeminamiento y se pone a rajar y se burla de todo el mundo farandulero. Todo es hermoso, me divierte, me complace, me desfogo, me emociona y sin ningún esfuerzo. ¡Qué más puedo pedir!
Y, por supuesto, escojo ver estos programas, pero no tanto por estar cansado, sino porque siempre nos va a gustar, entre otras cosas, hacer el mínimo esfuerzo. No necesitamos grandes capacidades intelectuales o interpretativas ni mucho desgaste de energía para disfrutar de lo que hoy se nos muestra en televisión. Es placenteramente sensorial y emocionante también. Lo que se nos muestra es gozado ahí mismo, cuando la imagen o lo dicho se estrella en nuestros ojos u oídos. Además, recurre a lo más básico y, a veces, a lo más escabroso de nosotros: el goce en el sexo, la pena, la crueldad y las emociones, en general. Festejamos los cuerpos desnudos; nos entristecemos y nos aliviamos al no ser las víctimas de los infortunios que observamos; y celebramos los sufrimientos ajenos tanto si los creemos justos como cuando no. Algunos llaman a esto sensacionalismo, la manera más eficaz de captar tu atención despertando tu naturaleza más básica: ligereza, placer y grandes cantidades de acción (pasiva desde tu sillón).
¡Si no te gusta, apaga el televisor entonces! Parece que no es tan fácil elegir como creíamos. La tentación del mínimo esfuerzo es grande. Y peor aún si recurren a otras de nuestras inclinaciones más básicas para llamar nuestra atención: sexo, pena, crueldad y más emociones. Pero hay un asunto más que suma en contra: la costumbre.
Nuestra vida se asemeja a una suma de capas en el tiempo. Cuanto más tiempo pase, más capas habrán unas sobre otras. Y las que están más abajo, por supuesto, serán más difíciles de retirar. Así también son las costumbres. Cuanto más pase el tiempo, más nos costará sacarlas de nuestras vidas. Repetir la misma actividad, las fortalece, crea hábitos y estos se hacen más poderosos si son placenteros también. Esto sucede con la televisión. Nacemos y crecemos con ella. Es parte de la familia. Y sentimos su ausencia. Buscamos incluirla en casi todo nuestro tiempo libre. Hasta está presente en la comida con nuestros familiares, y, además, es la que concentra toda nuestra atención. Ni en la publicidad nos da respiro. No nos perderíamos ningún momento de ella. Me imagino que nos duele si la extraviáramos o se avería. Felizmente, su señal televisiva no alcanza nuestros sueños cuando dormimos, pero, lamentablemente, sí buena parte de nuestras vidas. Algunos le llaman costumbre, otros, adicción, pero todos estamos de acuerdo que la exposición frecuente nos genera una dependencia poco menos que carcelaria.
Culpable soy yo. Por lo que hasta aquí hemos dicho, no somos tan libres como creíamos. Y no es tan fácil apagar el televisor como nos sugieren. Nos dicen que somos libres y que nos comportemos como tales. Que no seamos infantiles; ¿acaso nos obligan a ver sus programas? Parece que un poco sí, ¿no?
Los profesionales de la comunicación –en especial, los de la televisión- saben cómo llegar a la audiencia que quieren capturar. Más que captura, se asemeja a un secuestro. Saben los medios efectivos y tienen las herramientas precisas para que fluya el mensaje y llegue con facilidad al público objetivo. Saben cuáles son nuestras debilidades para disparar toda su carga de ilusiones y mantenernos sin cambiar de canal. Ellos buscan asegurar nuestra fidelidad y para ello no piensan escatimar esfuerzos ni dudan en recurrir a estrategias que socaven esa libertad que tanto nos enrostran que utilicemos.
Ellos saben que no nos gusta esforzarnos, que todo lo queremos fácil y masticadito, y que deseamos sentir mucho, nada de pensar. Culos y músculos, belleza y juventud, desgracia (ajena) y chismes, privacidad transgredida y burlas crueles, reafirmar nuestro racismo y nuestro machismo, asesinatos y víctimas, violencia y sangre, etc. Saben que solo queremos sentarnos cómodos y disfrutar la función.
Todo sea por el rating. Y detrás de todo, en estos tiempos, está el dinero. Sabemos que las grandes firmas financian los programas televisivos, es decir, la principal fuente de ganancias de las emisoras es el pago por publicidad de productos y servicios. Por lo que el objetivo de estas empresas de televisión es mantener prendados a los televidentes utilizando todos los medios posibles para ganar la competencia de quién reúne mayor audiencia. Y el rating indica qué programas convocaron mayor audiencia y en qué estratos sociales se distribuye esta. Entonces, para ellos no es importante las consecuencias nocivas y permanentes que puede causar en la gente el contenido de sus programas, si se educa y entretiene o solo si entretiene, si difama o desprestigia, si degrada o intoxica. Solo le importa mantener cautivos, de rodillas y babeantes, (casi) como estúpidos, a todos los consumidores de su producto televisivo. Recuerda, en casi toda relación comercial se puede aplicar la siguiente frase: tú no les importas, solo el (tu) dinero.